sábado, 31 de enero de 2015

El rey y el vagabundo

Aquel era un día como todos: importante, crucial, necesario. T. se levantaba en una casa o un piso, solo o con una dulce esposa, o con una amante o con los gritos de los niños. Se cepillaría un desayuno cualquiera en el que el té verde seguro que no figuraría en el menú y apostaría a que el café sería el centro.
Podría hacer una descripción parecida y levemente antagónica del despertar de S., pero no me da la gana. Seguimos entonces con T...

Filas de coches, motores que rugen, bocinas, la radio y de pronto en el despacho.
La secretaria le informa en menos de tres minutos de las citas y reuniones de la mañana, él toma tres o cuatro decisiones porque sí y un par de tazas de café más ,que pacientemente ha preparado ella media hora antes.
Gente va, gente viene, se estrechan manos, se hacen bromas, se habla del tiempo y de la familia, del País y sobretodo de lo que nos ocupa: el trabajo. Se usan muchas palabras, se ven innumerables gráficos de colores, presentaciones inmaculadas en powerpoint sin animaciones, con poco texto...como debe ser para llegar mejor al público. Se acuerdan algunas cosas, otras quedan pendientes para dar cabida al día de mañana en el tubo del tiempo.

Le sigue media hora solitaria, se prepara un informe, se leen correos, se permite pensar un segundo en algún detalle de la vida privada, es la hora de comer.

En la mesa de los de Arriba donde se sienta T. se derraman las bromas y anécdotas laborales, se discute un poco de política y se sorbe un café, se levantan con ruido estrepitoso, lamento de las sillas siendo arrastradas y llevan las bandejas, igual que los de Abajo al carrito para tal efecto.

De vuelta a la oficina. La siguiente reunión es en un departamento un tanto alejado. Tendrá que coger el coche. El tiempo de conducción no está incluido en la agenda, no existe por lo tanto. Hay que aproximar la realidad (el timepo real) al modelo humano (la agenda de doce horas) ¿Solución?: pisa el gas a fondo.

En la segunda curva, aparece valiente y somnoliento el microbus de S., sobre el cual ,lector, no sabes nada por mi falta de escrúpulos. Pero resulta que S. conduce un coche comercial, un transporter, un microbus que lleva a algunos de los de Abajo de un lugar de la fábrica a otro punto alejado. Lo lleva desde hace ocho años y con la misma inercia del primer día, mismas paradas, mismos horarios, mismas caras. Va sonando el último hit en la radio "i can't stay high all the time...", los pasajeros se entregan a sus pensamientos en otros planos y solo S. , en parte porque es su deber, ve abalanzarse  el deportivo negro de T.

Frenazo y derrape, sacudida en el microbus y tras un segundo eterno de silencio, se oye un portazo y dos seguidos de unos pasos. Nadie pregunta a los pasajeros si están bien, pero están bien. No ha sido para tanto. Un contratiempo nada más.

"¿Es que no tiene ojos en la cara?!", grita desafiante ¿quién? ¿T. o S.? Adivina lector...
"Yo le veía, pero no se puede ir a esa velocidad que usté iba, las normas de circulación aquí son unas"
"¿Las normas de circulación?! ¡Las normas de circulación las pongo yo, idiota!"
"Pues si las pone no se pa' que no las sigue"
Se oye una risa tímida y ahogada procedente del interior del microbus.
"¿Cómo has dicho? ¿Tú no sabes quién soy yo acaso?"

Entonces S. traga saliva, remordimientos le corroen... ¿Y si se ha pasado de la raya? A lo mejor evoca imágenes de sus hijos o la moto que aún está pagando, según sea. Tiene la garganta seca.

"¿No sabes quién soy acaso?" Alguno en el microbus habría susurrado por camaradería, pero es más interesante y tenso así.

S. se empieza a marear y balbucea: "mmm...b..buen.."
"¿No sabes quién soy yo?" Le interrumpe T. y ni S. ni los espectadores "expectaban" lo que viene a continuación, este giro irreparable. Del público hay que decir que a los originarios del microbus se les habían añadido los conductores curiosos parados en las cercanías.

T. empieza a sudar, está blanco como la leche, parece cada vez más, en un dicrescendo infernal, hablar para sí mismo.. Caer en un pozo dando vueltas
"¿Quién soy yo? ¿Quién? ¿QUIENNNNNNN?!!! ¿Acaso no lo sé? ¿Quién?!!!".
S. también suda un chorro. Parece un campeonato de sudor.

Y entonces...un llanto desgarrador, un desplome de pelele, una catarata infinita aniquiladora, algún espectador deja caer alguna lágrima, otros se resisten y la mayoría solo siente intriga al ver como se desploma el señor trajeado encima de los brazos del conductor del bus.
Minutos después, una ambulancia surca el aire por las calles de la gran empresa. Su sirena son las campanadas en el corazón de S. y el derribo total de T.

Meses después, escudado en la templanza y control de la situación de S. y la voluntad de corazón del ya sano T. se cierra el contrato más rocambolesco de los tiempos modernos, por el cual el manager conviértese en simple conductor de línea y el conductor deviene alto directivo. Curioso y bizarro cambio de cromos, vuelta a la tortilla que tiene las siguientes consecuencias en el futuro de los protagonistas:

T. cree que es feliz y se propone aguantar con su nueva y fresca mente las bromas de los malignos pasajeros, el vulgo.

S. cree que está donde se merece y le gusta pensar que cada día llevará una corbata distinta, además la secretaria es del montón para arriba.

La secretaria no entiende nada y le molesta un poco, "que al bruto del nuevo jefe le guste el café con leche del tiempo y un par de pastelitos" que ha de ir a buscar al comedor a diario, como si ni tuviera" ella "cosas que hacer".

El lector cree que es todo un disparate sin pies ni cabeza.

Y el humilde autor se defiende con el ejemplo de un presidente de Gobierno que fue autobusero.

El vulgo es vulgo. Somos vulgo y así seguirá.

Cuento de las nieves

"Recordad: el suelo resbala" o algo así más o menos decía el letrero en alemán. Cuanto más iba avanzando por el suelo flotante de madera, más innecesario se me hacía el aviso. Pero bueno, en tan adverso clima cualquier sobredosis de protección es buena, imagino. En la ropa: Mallas térmicas, tejano, otro pantalón encima...en el trato social: mirada desde lejos, pocas palabras, dos manos estrechándose, acto más fiel a su origen: presentar la ausencia de armas, que a la fraternidad entre coetáneos.

Sea como fuere o fuere como sea, un frío de la leche y tan blanco como la misma, sí. Primera nevada en Braunschweig, fortín del norte de las Germanias. Allí mismo estaba yo a las nueve de la mañana de un sábado en medio de aquel ballet de copitos de nieve. 
La acumulación de nieve es en su época de gestación una maravilla de nuestro planeta y así caminaba por la calle principal alegre como un idiota con el calor del desayuno y la hospitalidad del piso que dejaba aún en el cuerpo.

La calle era a esas horas mía, de una china que paseaba a su bebé (ella sabría) y un cartero deseoso de que estiraran la pata todos los valientes supervivientes de la generación senil para poder dedicarse solo en cuerpo y alma a tareas ofimáticas, en el calor que brindaban cuatro paredes.

Como el hombre no iba a explicarme todo eso por el mero hecho de coincidir en ese tramo del mantel planetario, seguí mi camino aún soñoliento y un poco mareado por el ataque constante de gélidos grumos. Era terrible la derrota del azul en aquellas tierras, ni un hueco quedaba en el cielo. Hasta el gris se había echado atrás y se daba por aclarado y ya todo: cielo, tierra, coches, calles, transeúntes...no éramos más que átomos níveos, partes aún divisibles, pero si acaso en más blanco, de un blanco absolutista.

Crucé la calle alentado por ese muñequito rojo que en lo alto de un poste, casi crucificado, y aún para más inri envuelto de un sarcófago amarillo, color del puro aburrimiento, se resistía a ceder un palmo más a la fría pulcritud.
Estaba ya en la callejuela del Greifhaus, rocódromo y centro social de las artes alpinas. Una pared de ladrillos larga y los edificios grandes de metal con inmensas trompas escupiendo al cielo, hacían de ese callejón el cuadro dickensiano por excelencia. Poco tenían que escupir esas trompas en el infinito cielo, parecía como si un ingente cacahuete se hubiera atascado en medio de las largas narices.

Yo olía solo a frío y entre el rocódromo, también fábrica reconvertida, y el club de pesca que se le oponía, me sentía el último habitante sobre la faz de la tierra. Cierto es que dentro del Greifhaus estaban varios conocidos ya de bien temprano manos a la obra  preparando nuevas rutas para alguna competición, pero todo lo que pasaba entre las paredes no era el mundo. Era como seguir en el útero, caliente y sin querer afrontar la vida.

Así que cual no iba a ser mi estupefacción aspirante a terror, cuando un hilito de pisadas se resistía burlona a la invasión del ejército de las nubes y a mi propia libre creatividad, existencia y sentido en la vida. Mi coche estaba a penas a cien metros, no lo podía ver, estaba detrás de la esquina. A eso había venido, a buscar el coche. Pero el fin a veces poco importa. En ese justo momento en que mi mente aún volaba imaginando el interior del rocódromo, intuía de alguna forma, por algún tipo de energía que fluye avanzada a nuestra mente, que mi vida en ese mismo instante era pintar la callejuela con mis pies, dejar rastro de mí, sublevarme maldita sea! Al menos en una pequeñez así. De eso dependía mi felicidad, y lo sabía. Y probablemente el que la había pisoteado con un corazón más frío que la nieve también.

Maquinalmente empecé a emular sus pasos. A cada paso mi mente iba pesando: ¿será una mujer o un hombre? Los pasos son cortos...ha de ser una señorita. O tal vez un anciano...o alguien en extremo paciente, muy obcecado en chafarme la guitarra. Eso solo se hace por oficio o por pasión...un gnomo o un troll expatriado de Suecia a Alemania con dietas, y aviones y todo incluido. 
Hasta aquí mi mente.

Mi corazón bombeaba como si no hubiera mañana, podía notar la sangre fluyendo a raudales desde los dedos de los pies hasta la sien, y me sentía en otro cuerpo, creía ver en mis pies ora unas botitas diminutas ora unas garras de fiera, pero que se amoldaban al paso lento y concienzudo del maligno. En el camino debí dejar mi coche a mano derecha. Durmiendo como estaba, ni pudo preguntarse que haría el botarate que normalmente se subía en él, le apretaba los órganos, le daba de comer...estaría soñando en alguna limusina o 4x4...queremos lo que no somos, y los autos no iban a ser la excepción.

Así pasé por ahí mudo y aplicado en mi tarea, aunque el corazón empezaba a pasarse de vueltas y ya un mareo subía del estómago a la cabeza y parecía que solo me servían las piernas. Así pasaron varios años en mi mente, en una especie de equilibrio en la cuerda floja pintada en el suelo. Yo y el frío polar. El frío polar y yo. De pronto el polo cambió y los pasitos, ya no eran tan pasitos. 

Recuerdo todo como una alucinación, un mar blanco, un desierto marcado, infinito y blanco, blanco, blanco. Ahora, desde luego, a la distancia entre huellas ya no se le podía llamar pasos, eran zancadas, hecho que mi cuerpo parecía asimilar con total naturalidad, se adaptaba como una mano al guante y en cada aterrizaje de mis pies había algo de deidad felina en mí y el torrente de sangre volvía a apretar con un nuevo despegue. Me podía notar la cara roja, el aliento entrecortado, ahora creía haber avanzado tres kilómetros, mi coche estaría ya casi en otro mundo bajo el mismo manto blanco, los escaladores aún más lejos, cien metros más que mi fiel Rocinante pero ajenos a la vida, y... respiración, salto, amortiguamiento, náuseas, salto, amortiguamiento, estaba cerca del maldito o bondadoso, poderoso y enigmático ser, lo presentía estaba cerquísima, salto, amortiguamiento, salto, amortiguamiento, salto, amortiguamiento... Y de pronto...la marcha aminoraba, la cadencia reculaba, el ser trascendental se moría, se cansaba, se apagaba en medio de la blancura...ya pronto estaría de nuevo dando pequeños pasitos, sin finalidad, pero meticulosos...lo presentía, estaba llegando, a cien kilómetros del origen. ¿Tendría ya barba? Y de súbito llegamos: me estanqué. Dos huellas paralelas por primera vez me miraba sardónicas. Miré el punto final conteniendo el aliento y pensé "acabemos con esto". Nada más entrar en contacto con las marcas finales, tuve la revelación.





Levanté la vista y estaba en el mismo tramo, la calejuella del rocódromo. Los pasitos del principio seguían indelebles como estrellas negras en el cielo blanco. Aterrado miré atrás y vi los pasos largos que acababa de seguir igualmente brillando de oscuridad. En el mundo tangible, había dado solo una vuelta de dos cientos metros en total. Un círculo perfecto, un anillo del retorno, un ciclo definitivo..."a ver..." la mente pedía un explicación "llegaba yo por esta callejuela, rocódromo, chimeneas, club de pesca y entonces..." Obedeciendo a mi mente, mi cabeza giró para ver adelante: nieve, fría, blanca, impoluta, virginal, sin mácula, limpia nieve del alma, ni un solo paso.

Se abrió una puerta a mi derecha, un tufo a entrañas me invadió y sacudió todo mi ser, entonces una mano amiga y escaladora se posó en mi hombro: "Jorge, ¿qué haces aquí parado con este frío?"

lunes, 22 de septiembre de 2014

Acordes de silencio

I. La botella

Esta botella verde,
que navega,
¡Sabe tantas cosas!
¡Es tan bella!

Se subió conmigo al tren, a deshora,
Y callada me bebe el alma,
 alma que se desborda.

Lo sabe todo y me pongo rojo,
yo sí soy de cristal,
bajo su atento ojo, 
que une un fondo y otro.

Sabiendo todas las muecas,
me infunde un terror mental,
¡Que tortura la del decoro!



II. El beso

Cuatro pupilas,
se funden,
en un mar negro y claro,
del que suben vapores,
a un cielo amado.

El alma que allí habita,
monstruo centinela,
palpita loco de dicha,
por ser tus labios los míos,
tu lengua la mía.

III. Buenas noches

Cuando todos se hayan ido,
la luz duerma,
y se quieran cerrar tus ojitos,
deja que me acerque a tu hermosa cabeza,
a no susurrarte nada,
a regalarte ondas oníricas bien ligeras.

Líricas de gargantas, 
Huecas, que no resuenan
ni aún cuando en ellas se pierde una piedra.

IV. La puerta

El empedrado sueña entre pisotones,
lánguidos, solitarios
y la farola es dueña
de unos labios,
que suben por la cuesta.

La luna, agujero blanco,
en la oscuridad te enfoca,
en esta seriedad nocturna,
nadie osa, nadie te toca.

Estrellas barbudas,
fuman pipa de jabones,
verdes y moradas pompas,
en medio de la noche.

Otra pisada y abres la puerta, 
haciendo silencio,
el ruido muerto,
se acuerda de la última y calla,
aguantando el aire dentro.

V. Yo

En la misma calle de tantos poemas,
me he perdido,
al principio olía fresco,
a geranio,
se oye muy a lo lejos una carretera,
un camino tuerto.

Los perros cantan con ladridos,
y son las paredes reflejo del sol naranja,
aturdido paseo,
en busca de mi casa,
casa que se ha perdido.

Todas las palabras,
bailan dentro de mi cara,
y cuando mi boca se abra,
las pudrirá, las hará negras y flacas.

Mi silencio está solito,
huérfano en las calles,
como un niño,
su acordeón no tiene teclas,
y aún peor, no sabe del olvido.

VI. La vela

La vela de gruesa cera,
muralla y centinela,
de la llama, luz primera,
tenue y relajante en mi bañera.

Entre la espuma de mi suciedad,
se eleva el vapor alumbrado,
por esa llamita tímida,
que abre el jardín de lo soñado.

VII. El piano

Mi piano hace silencio,
y da igual si toco rápido,
o lento, 
desde el principio exagerado.

Cada tecla da un nuevo desaliento
al vacío,
sellando un sueño eterno,
en mi castillo de madera de pino.














domingo, 6 de julio de 2014

Tus ojos negros

La calle hacía pendiente y el empedrado bravo se alzaba irregular, nosotros lo pisábamos sin clemencia, tú con tus tacones, yo solo con goma. Pero nuestros pies jugaban iguales. No recuerdo cuántos pasos dimos, seguramente mi inconsciente los contó, pero ya lo ha archivado y llegamos a la cima, lo más cerca posible de la noche estrellada.
Respiramos exhaustos y pediste una crepe a la luna y mientras saciabas tu apetito voraz, entendí algunas de las palabras que intentabas que me llegaran a pesar de tu boca llena:

- Estás muy cansado de las palabras y de las ideas, ¿no es así? Unas y otras son casi la misma cosa. ¿Cómo pensarías sin palabras? Estás cansado de las palabras, deduzco entonces...o de las ideas, de no ver nada nuevo.

Callé un buen rato mientras acababas tu postre.

-Puede que tengas razón. Y eso es lo que me aterra: callar para siempre. Al principio pensé que no encontraba palabras porque no las necesitaba, porque había llegado a una cima inexpresable. Ahora en cambio tiemblo cuando veo a niños elegir palabras para construir sus ocurrencias y el hedor chabacano que expulso por medio de mi voz parece solo un muerto al lado de ese viento fresco que acaricia el entendimiento. No tengo discurso y mucho menos atajos por donde perderme.

No me mirabas, sólo tenías tus ojos más negros que esa noche, haciéndola brillante de pureza a tu lado.

- Ya olvídalo - susurraste al fin

- Ya olvídalo... - repetí para mí mismo, absorto en cada palabra de meticuloso significado - ¿Cómo?¿Cómo? ¿Cómo lo hago?!!!- me vi gritando entre lágrimas.

- En mis ojos, olvídate en mis ojos. Mírame bien fijamente a los ojos, que son más negros que cualquier noche que jamás hayas visto. Piérdete en mi brea.

De pronto, me dio aún más miedo el remedio que la enfermedad, mucho más, con el corazón a galope empecé a correr como un caballo desbocado, saltando de tres en tres los escalones indiferentes, gritando auxilio y sin saber como ese pequeño local que se hunde más bajo que la cera, que está al acecho como un cocodrilo, me atrajo con su luz para curarme un poco de tanta oscuridad. Tal como entré, caí en una especie de butaca y oí un ruido de máquina, un aullido constante. La luz que tanto me atrajo moría en la entrada y una vez dentro, de nuevo una oscuridad, eso sí, menos intensa, me envolvió por completo. Con el primer pinchazo perdí el conocimiento.

Era ya de día y cuando desperté, aquel hombre bruto y cubierto de una segunda piel de dibujos obscenos y crueles, me sonrió.

-Te debería partir las piernas por haberte colado y haberte hecho pasar por mi cliente. Polizones como tú, a los tiburones todos. Pero ya ves que me río, no puedo estar de malas, porque aunque te hiciste pasar por Remi, lo que he esculpido en tu piel es una obra divina de mi ciencia: el tatuaje a ciegas. Más puro, más trascendental, más auténtico que esas simples calcomanías que se pasean por todos lados. Me has hecho muy feliz, tendremos que viajar al salón de Ginebra para enseñar al mundo el nuevo logro del "blind tattoo" concepto de arte para la piel, nunca visto en siglos y siglos desde incluso el Hombre de Hielo...

De pronto sentí el ardor en mi cara, un ardor que me hacía morir en vida. Corrí instintivamente fuera de aquel antro maldito dejando los gritos de aquel bruto muy atrás y al doblar la esquina me miré tembloroso y embargado por un sentimiento de trágica irreversibilidad en el retrovisor de un coche aparcado y el corazón se me heló, se paró una eternidad que duró un segundo humano porque encima de mis sangrientos carrillos, donde hubieran horas antes unos ojos verdes, los que me dieron al nacer, me amenazaban tus dos pozos sin fondo, tus tinieblas insondables gestadas con tinta, tu negro infinito instándome a que me olvide para siempre.

sábado, 10 de mayo de 2014

Un cuento de papeleos

Una noche un hombre y una mujer hicieron el amor o mejor dicho prepararon su reproducción. Sería indebido decir que hicieron el amor, pues faltó la chispa de una mirada lasciva, una caricia tentadora que despiertan un torbellino de sudores y de luchas de egos inmolándose. Este acto fue más bien un evento más del calendario de ese año. En aquellos días la mujer, si es que a esos dos seres se les podía diferenciar por su sexo, era más fértil y como el hombre en sí había hecho un hueco en su apretada lista de tareas al acabar una rehabilitación de un hombro luxado en la primera etapa de su juventud, acordaron materializar su contrato con algo más que un anillo y las cuentas bancarias compartidas. De este enlace nació Comodo.

Ya de bien pequeño Comodo apuntaba maneras. Se negó rotundamente a que sus padres se tomaran la molestia de ir en su nombre (sin siquiera tenerlo aún, hete aquí la paradoja…) al registro civil, eso sí el nombre lo eligieron los padres, como debe ser…Faltaría más. Comodo solo se encargó del papeleo.
Tras estas peripecias dignas de admirar en un “decamesino”, siendo ya un bebé con más cuerpo se presentó en la guardería para rellenar todo lo necesario en su ingreso a la clase de los “elefantes”.  A la secretaria de la guardería le pareció una monada que a la edad en la que otros apenas saben vomitar la papilla que les dan, Comodo escribiera su código postal con unas letritas de computadora. Más cuando ni ella misma, al ser una estudiante en prácticas italiana que vivía desde hacía cosa de un año en Barcelona, no había memorizado su respectivo código aún.

Como seguro ha advertido el astuto lector, estos breves saltos por la línea vital de nuestro protagonista no tienen ningún espaciado  temporal determinado y por otro lado no hacen más que narrar insignificantes detalles, así que el autor se permite aquí situarnos ante un Comodo ya en plena adolescencia en el que se notaba cierta fuerza oculta latir. ¡Sí! ¡Una gran pasión!, un secreto in crescendo, madurado desde hacía no días, sino años y años… una verdadera eclosión de un verdadero capullo que estaba ya por enseñar su bello color.

¡Ay la pasión! ¡La pasión que estará paladeando el lector con ojos cerrados! ¡Juventud divino tesoro! En el caso que aquí nos atañe, la pasión no se llamaba Noemí, ni Julieta, ni Berta, ni Alejandra, precioso nombre este último. ¡Y si ya ni con Alejandra la cosa no iba…! , a fuerzas algo funesto se escondía detrás de esa pasión enmarañada para los de fuera y diáfana como el agua de río para Comodo.
Sí señores y señoras, lo han adivinado: Comodo era papirosexual.

No era en la insinuación senoidal de sus compañeras de clase que Comodo creía perderse, ni siquiera las bocas más rojas conseguían transmitirle un ápice de su bermellón a sus carrillos, ni las miradas y palabras más angelicales, tacones de alta punta, tangas escurridizos...

También se podría objetar, que la pasión no tiene que ir siempre ligada irremediablemente al sexo femenino y su talle, o su esencia perfumada. Pero de las otras pasiones: la risa, la música, la ciencia, la amistad, la literatura, las drogas, el rugby, la petanca, el tiro al plato, coleccionar lenguas de gato, escavar túneles en los jardines, caminar dando volteretas por el duro asfalto… y una larga lista que seguro desprecia y empieza a aburrir a nuestro cliente, usted señor lector, tampoco había ni rastro en nuestro protagonista.

Lo dicho, a Comodo solo le iba una cosa en la vida: el papeleo. Así Comodo a sus nueve años se sentaba en el alféizar de su cuarto, en el que de las paredes colgaban facturas, contratos y demás excrementos burocráticos de los que sus padres le proveían para sus juegos infantiles, y no quitaba el ojo de la furgoneta amarilla que repartía tal cantidad de sentimientos por su simple naturaleza.

Y allí, sentado, impaciente por recibir los documentos remitidos a sus papás, Comodo anhelaba con todo su corazón emprender el vuelo del nido y empezar a recibir todo a su nombre: sobres con la estampa del banco, sobres electorales invitándolo a contestar una encuesta, sobres con la factura del médico, la multa por atropellar a una tortuga obligándole a indemnizarla con un caparazón nuevo…

¡Ay los dulces momentos que rápido llegan y que rápido se van! Como el aire que respiramos. Para Comodo esos momentos fueron el estreno de su pisito de alquiler (primer estreno para él, milésimo para el destartalado cuartucho). Sentado en el suelo, ya que aún no tenía muebles y recostado en la puerta, aún podría oler muchos años más adelante todos esos sobres tan cargados de aires formales dirigiéndose a él como: “Estimado Señor Cumento”, “Apreciado cliente”, “Bienaventurado Señor Cumento”…

Y así donde otros mortales, en el juego del mes, siendo ricos o pobres, algunos más que otros, se ahogan y pierden los nervios ante las misivas penalizadoras y dan brincos de alegrías con las benefactoras (que están muy a mi pesar en peligro de extinción y encima carecen del carácter moral de las otras), Comodo era un témpano de hielo que se derretía con los dos bandos: quería por igual a papá y a mamá.

Ya a la cuarentena de edad estaba casado y con tres hijos, en su pura esencia desnuda no tanto por los sentimientos humanos y de evolución que nos hacen girar la ruleta al resto si no por la capacidad multiplicativa de trámites que veía reflejados en cada uno de los miembros de su familia: el hijo mayor apuntaba maneras de delincuente de baja ralea colmando así al sediento padre de todos los formulismos involucrados con el sistema penal, la mediana despuntaba en los estudios y el sin fin de becas y posibilidades eran el deleite de su padrecito y el pequeño era normal. Ovejas negras las ha de haber, es ley de vida.

Así pasaron los años de Comodo hasta su joven vejez con todos los hijos colocados (por desgracia las posibilidades se habían ido minando con la madurez de los polluelos), la herencia, el seguro de vida y todo lo imaginable arreglado.
Ahora el pobre anciano, apenas recibía una carta a la semana que esperaba cual can al pan que le dan. Pese a que se esforzaba por provocar pequeños accidentes o cambiaba las tarifas de su teléfono móvil por enésima vez; en la ciudad, en el país, en el mundo…ya todas las pequeñas y medianas y gigantes empresas conocían sus mañas. La globalización con sus cosas buenas y malas… La cosa es que en televisión, en Facebook, en twitter…por todos lados era conocida la situación.

De manera que cuando el débil anciano salía con pueril malicia con el coche a pasear, los vecinos se quedaban en casa, o cuando llamaba al banco le dejaban con la sinfonía número 40 de Mozart…Alentado por una cruel ingenuidad se paseaba por tabernáculos de mala muerte buscando invitar a los parroquianos para cargarlo en una ansiada cuenta, pero nada siempre la misma historia…el dueño del bar echaba un vistazo a la foto mugrienta del anciano y le invitaba (a su manera) a desaparecer sin llevarse el ansiado botín consigo.

Y ya llegamos al final… ¡En efecto hábil lector! De nuevo acertaste. Comodo se paseó varios días inspeccionando el puente de un lado a otro, intentándose hacer a la idea de un final sin balances, al menos escritos, de una herencia no respetada, de una autopsia sin su firma. Y desapasionado como había sido para el resto de la vida ajena a la burocracia, un buen día o malo, según se mire, dio el paso hacia el infinito oscuro.

Cuando vio el conocido túnel apenas se inmutó, se dedicó a seguir la luz mientras a la par las constantes vitales de su cuerpo flotando en el río a millones de años luz se iban apagando. Y cuando llegó a la escalera mecánica que se perdía en las nubes, lo hizo con la misma frialdad que un salmón en el congelador.
Tampoco parpadeó cuando las áureas rejas que precintaban el paraíso se aparecieron solemnes ante él. Entonces San Pedro que era el hombrecito de barba blanca con aureola en la cabeza, imagen que todos conocemos, le dijo con atronadora voz: A la cola hijo mío, que en un rato pasaremos cuentas tú y yo.

Sea este escrito, lejos de una crítica profana un pequeño divertimento respetuoso, quedando todas las referencias sagradas inmaculadas. El caso es que Comodo lloró y lloró de felicidad toda la cola, a diferencia de algunos pecadores por allí formados y cuando San Pedro evaluó sus dotes en los papeleos que ya al pobre hombre también tenían extenuado por los siglos de los siglos, surgió la idea de probar a Comodo como becario.
El final de la historia es aniñado hasta el punto que de no ser por la posible salvación de algunas almas, el autor no lo hubiera añadido dejando así un bello poema inconcluso.
Comodo fue contratado por el rigor en su oficio y ejerce con San Pedro por los siglos de los siglos venideros la noble acción de materializar la balanza moral de cada uno de todos los que le hicieron el infierno en vida. De tanta pasión por la labor, tenga el lector por seguro que no habrá un juicio parcial o vindicativo por parte de Comodo.


Y ya para acabaer: como Comodo hizo, les aconsejo a ustedes que a la hora de declarar los impuestos hagan una pequeña x en la casilla de la Iglesia, que lejos de representar el empante del pleno al 15 de la Quiniela, les abrirá las puertas al justo juicio divino, del que Comodo resultó recompensado debido a un formalismo y no auna sólida fe.






domingo, 9 de marzo de 2014

En medio de la noche

Y en medio de la noche grita el wapp. ¿Por qué no lo apagaré? La respuesta me denigra, no la respondo y me incorporo. Los ojos de chino a penas me dejan leer el chat que se abre por primera vez.
Veo mi propio número. Lo reconozco aún a estas horas de la madrugada. Dice:

-Hola Jorge

Me propongo preguntar “¿quién eres?”, pero reconozco mi número. Espera…¡tiene foto el contacto! La abro, la luz me ciega.
Se me para el corazón y las sábanas se pliegan como olas de mar: “¿No soy yo? ¿Yo con cien años por lo menos?” Viejo, viejo como matusalén, como una piedra.

Escribiendo…
-¿Cómo va eso? ¿Qué te dijo ayer el jefe?

Los dedos se me tensan y agarrotan como salchichas congeladas, el corazón palpita fuera de sí.

Escribiendo…
-Ya no tengas miedo, igual estás solo ahora, no? ¿Por qué no escribes un cuento?


La sangre no circula por mis venas. Son las tres de la mañana y todo es sombra sin existir siquiera la luz. Echo un vistazo a la aterradora pantalla y el contacto fantasmagórico ya no luce la horrible foto de las arrugas, en su lugar el icono predefinido de una silueta blanca en un fondo gris y ni rastro hay de comentario alguno, solo aparece como un epitafio debajo de mi número “últ. vez 25 de enero de 1988”, la fecha de mi nacimiento, mis manos toman el control de mi alma colapsada y empiezan a escribir “Y en medio de la noche grita el wapp…”

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mi primo el trobador

Llegué más tarde de lo que tenía previsto a mi piso. Me abrió la puerta un chico con una coletilla fina:
-Hola, pasa.
En el pasillo oscuro le pregunté que quién era si se podía saber
-Soy tu primo
Se quedó por el comedor y yo fui hasta mi habitación. Me quité la ropa y me puse el pijama. Tenía ganas abrasadoras de leer, pero eso quedaba oculto tras un tupido velo de tareas: cena, ducha, correo, cortar uñas, preparar ropa de deporte...ya estaba en ello a media enumeración, arremangándome la camiseta para limpiar los platos cuando me picaron en la espalda.
-¿No vamos a subir al tejado?

No sé por qué, tal vez inducido  por el curioso hecho de que ese tipo no se parecía en nada a ningún pariente que yo conociera, o desconociera, no me di cuenta, y ya seguía los pasos de mi primo.
Cómo llegaron unas escaleras hasta la fachada del alto edificio, es algo que nunca me explicaré (tampoco me lo propondré seriamente).

La luna estaba preñada a más no poder: ¡Que regalo de luz en medio de las inmensas tinieblas! Mi primo me ofreció sitio junto a un par de gatos y sacando una guitarra, de no sé yo muy bien dónde, empezó sus relatos de trovador gatuno.
Los felinos estaban exaltados. Ni gatos parecían del interés desinteresado que mostraban. A alguno le apestaba el aliento a pescado rancio entre tanto griterío, pero pronto rularon unos frascos de un líquido morado.

Y dicen que no sabe contar, que no sabe contar, porque tiene un dedo nada más. Lerelerelerlereleeeee

Una tras otra, las leyendas hechas versillo popular llenaban el aire en la altura a la que no suelen llegar las hormigas de la ciudad., camufladas entre luces de coches y semáforos, yendo a comprar, a una cita, saliendo de la oficina...y a por el pan.






De una soledad

Espero a que pasen a recogerme. Juego con los pies, haciendo esquemas con mis pasos.
Es un tedio, una monotonía depresiva. Qué necesitas para ser feliz? Contar ideas, dar a luz una y otra vez, alumbrar al mundo y que el mundo te observe como un fisgón.
Depender de nada y de todo.
Camino y todo es nieve. Está dormida mi sombra y no nos podemos sentar a hablar quedo. Estando solo no hay manera de vivir la soledad. La soledad es un fenómeno completamente social.

Cuando me tengo, me pierdo en el infinito, en una espiral sin retorno. Los colores brillan en el mundo gris.
Todos los pájaros de colores me miran como a un extraño y callan cuando me acerco, por eso voy siguiendo a los monos grises y más no los puedo detestar.
Me tengo que fiar de este tío, pues me está tatuando mi propia verdad. Me está convirtiendo en el tattoo de piel de esa tinta. Piel fina y porosa, que no filtra la maldad que viene de fuera, pero si lo que vibra bonito. Solo a ratos.

En el fin del mundo no estoy solo. Eso es lo peor de todo: llevo una olla a presión y construyo bajo un sol abrasador una y otra pirámides ancestrales. Me construyo sin parar, me observo, me valoro, me cargo con espejos de cada articulación y me peso en una balanza con el ojo puesto en cómo me ve el cielo.
El valor real está dormido, solo en algunas líneas, por las que palpito, vuelvo a intuir un atisbo de esencia. En la jungla, en el desierto y en el fondo del océano nunca estoy solo. Arrastro esa pena.

Solo deambulando por las calles rosadas, solo en el café, solo con mis piernas donde todos se mueven con neumáticos, solo emborrachándome de hojas demenciales en una parada de autobús : solo a si estoy solo, cuando me sobran todos, cuando me amo sin ser nadie, cuando te subo a ver y solo somos las palabras de ahora.

lunes, 28 de octubre de 2013

El bar de mi infancia

Unas palmeras enanas en un fondo rojo de gotelé y la ventana blanca de madera medio roída, ésa era la bienvenida al bar de mi infancia.

En el edificio de enfrente, se encuentra la realidad. El piso de mis abuelos.
Desde allí podíamos ver gaviotas, tiburones del aire, persiguiendo a las pobres palomitas.
Desde allí tirábamos los toscos aviones de papel que con esmero nuestras manos habían construido con un fino filete de árbol y los veíamos perderse en la gris urbe como una estrella en el infinito vacío.
Desde allí tiraban mi padre y mis tíos, cuando eran como yo entonces, de forma clandestina los huesos de albaricoques a los balcones que rodeaban al bar de mi infancia, muchos huesos cayeron en ésa terraza.

Nunca supe cómo cruzar hasta esta terraza. No lo sé todavía ni sé si lo sabré jamás.

Es la guarida del arte, el epicentro de los suspiros lánguidos de la vida.
Siempre me imaginé dentro dos seres marchitos apoyados en la barra, bajo una luz macilenta, vestidos de gris, envueltos en polvo sólo alumbrado por alguna luciérnaga. Humo que se pierde, humo que un cigarro exhala por el placer de consumirse.

En el sombrero del hombre que pintó mi tío (tal vez inspirado por Picasso o qué sé yo, yo no sé de nombres sólo de sensaciones) estaba escrito su destino y le decía que luego se haría santurrón, pero aún así queda en alguna parte de su ser, cómo enjaulado en lo más profundo, la esencia socarrona con la frecuencia fundamental de la vida.
La mujer está callada. No habla y sus labios se humedecen con la agonía del pantano que trae Duke Ellington desde un lejano tocadiscos. La botella de vino es el camarero y se mantiene recta, es muy profesional.

Nadie me esperaba y nadie repara en mí. Siempre hubo un taburete libre entre los dos fantasmas, así que me siento, ellos siguen mirando de frente. La mujer sostiene su cabeza con la mano en el moflete, o donde debiera haber un moflete en alguien de más carne que hueso.

Tengo muchas preguntas para los dos, los acordes de Brassens vienen a mi mente, infinitas noches cristalizadas de recuerdos me asaltan de pronto, los versos se pasean como mariposas en mi mente, las montañas con sus visiones infinitas de claridad se vuelven mentiras, me empiezo a mezclar con el polvo y soy ella y soy él. Soy el camarero que impasible contiene la amargura y la pasión por el confín del mundo, el bar de mi infancia. Al otro lado, como si nunca hubiera existido, como si fuera un fantasma de toneladas de hormigón veo el antiguo piso de mis abuelos y se me hace demasiado onírico.
Parece que la luciérnaga que alumbra la lámpara de mi cabeza ha acabado su turno, se pierde por el ventanal de la noche estrellada, mientras otra cualquiera toma su lugar.

Me apetece salir a la terraza, el polvo me da vitalidad y siento mi ser estirarse como un gato perezoso, recojo del suelo un hueso de albaricoque con inscripciones inmemoriales y con el corazón palpitando de juventud lanzo el corazón de la fruta contra el edificio soñoliento.

jueves, 4 de abril de 2013

¡Que fe!

¿Dónde está el café con gusto, color, olor? Casi diría hasta tacto, pegajoso tacto al derramarse. ¿Dónde los castillos del cielo que se construían con la estela que dejaba el aromático y tentador humo?
Ahora el café ya no tiene sabor, color, olor ni tacto. ¡Burdo brebaje inútil! ¡Líquido intangible! Eunuco dispensador de cafeína, nada más. Se cuantifica, se usa como se enciende una bombilla, sin pensar en el prodigio que reside en accionar un interruptor y obtener un pedazo del sol, para vernos las caras desgastadas, los colmillos gualdos por la marmita madre del estéril líquido rico en cafeína.

Cuando las horas no son más que marcas para contar y no un decorado más del escenario multicolor que acompaña a la vida, uno siente su calavera. Calavera que cala de veras. Calavera descalcificada por ese veneno que circula en ríos de culebras que se hunden en las simas donde existieran los ojos que vieron el deleite del mundo.

He vendido mi sangre, lo que más aprecio. Pero en este contrato infernal, se me permite coagular una ingente reserva y en momentos como este, ser para mí, ser yo, el héroe de mis ríos exuberantes de rubíes, la fuente que ríe en borbotones, desnudo y feliz de tener sombra o de mezclarme en la que con su trasero nos obsequia cada noche la dulce luna, mientras en muchas máquinas en los rincones más recónditos o menos y  con desfachatez, borbotea ya el líquido negro que no es si no amalgama  de comentarios rutinarios y formalidades, eterno colchón del hombre disecado, eterna fuente de tedio e insomnio.